Bartje es la dama de honor. Está más guapa que
nunca; lleva un vestido de tubo estrecho, de un color rojo pasión, que le llega
a las rodillas, y calza unas sandalias romanas con un par de centímetros de
tacón. Se ha empolvado los pómulos para parecer más morena, pintado los labios
de marrón oscuro y remarcado los ojos con una raya negra, que hace que parezca
que tiene el iris más grande. Se ha alisado el pelo oscuro y se lo ha escalado
de una forma encantadora. Sobre el vestido lleva una chaqueta tejana porque
corre un viento fresco.
Sus hijos van también muy elegantes. Emke lleva una
camiseta de manga corta color café y una falda plisada Siena atada más arriba
del ombligo con un cinturón negro, y calza unos zapatos de charol también
negros. A petición suya, su madre le ha cortado el pelo corto en forma de
casco, y se ha pintado los labios de rojo cereza. Garritt lleva el pelo
repeinado hacia atrás con colonia, y viste una camiseta verde oliva y unos
pantalones cortos añiles. Bajo los zapatos de charol ocres, lleva unas medias
blancas que le llegan a las rodillas.
Pero a Merete le toca ser la más bella de todas. No
sabe si lo será, pero al menos lo habrá intentado. El velo le cubre media cara,
emblanquecida por polvos de talco para que parezca que tiene la piel más fina,
los labios ligeramente pintados de escarlata, una pequeña flor turquesa pintada
al lado del rabillo del ojo izquierdo, los ojos reseguidos por una línea negra
y los párpados un poco pintados de magenta. Se ha rizado el pelo y se lo ha
teñido de negro, como el azabache. El vestido que lleva lo tiene ceñido a la
cintura y le llega a los pies, pero sin tener que arrastrarlo, y es de damasco.
Es completamente blanco como la nieve, con algunos bordados de flores en las
puntas y las mangas.
Cuando su hermana la ve, se le abre la boca bien
abierta y la abraza. Le dice que está preciosa y le da mil besos y piropos,
empalagándola con su fragancia de vainilla. Le da la mano y se la aprieta muy
fuerte, llena de orgullo y alegría. Los niños también se exaltan y están
contentos. Emke le suplica que le dé el vestido, así cuando ella se case dentro
de muchos años irá igual de guapa.
El abuelo de los niños se los lleva a la Gran Sala
para que se sienten, pues el novio está esperando en el altar y pronto empezará
la ceremonia. Las hermanas enlazan sus brazos. Todos se han ido avanzando
lentamente. Cuando entran en la sala, Merete se cubre completamente los ojos
con el velo para no ver nada lúcidamente hasta llegar al altar. Al llegar ahí,
habiendo cruzado el espacio que hay entre las dos bandas de asientos y
recibiendo elogios por parte de todos los presentes, Bartje le destapa los ojos
con delicadeza.
Directamente, su mirada va hacia los ojos
encendidos de Ardjan, que brillan llenos de amor. La novia se acerca con una
sonrisa a su amado y se pone delante suyo, dejando que él contemple su belleza,
pues nunca la había visto antes tan espléndida. El sacerdote parlotea y nadie
le hace caso, los dos intercambian anillos y llega el beso…
Pero en vez de besar su boca, Merete besa la
esquina de un estante colgado en la pared. Los dientes empiezan a dolerle
horrorosamente y se los toca para comprobar si se ha hecho sangre, pero no hay
rastro de ella. Solo ha sido un golpe. En breves ya no le dolerá más.
¿Se puede saber qué es lo que acaba de soñar? Solo
recuerda a Garritt y Emke bien vestidos, y ella con un vestido de novia.
Recuerda ir del brazo de alguien, y que estaba a punto de casarse. El resto lo
ve borroso y casi se le ha olvidado.
Se levanta con holgazanería, estirando los brazos
al máximo y entonando un bostezo irritante, un bostezo que roza el chillido. Se
deshace la cola del pelo y va al lavabo, con los ojos medio entelados porque
cuando recientemente se levanta todavía está adormecida. Se lava los dientes repetidamente,
hasta eliminar el último rastro de suciedad visible. Luego se moca la nariz,
porque se ha resfriado y esta se le ha llenado de mocos.
Baja por las escaleras de madera, que crujen bajo
sus pies, y ve que Garritt está durmiendo en el sofá, abrazando un cojín de
angora. Le sale una burbujita de mocos por la nariz, y su cuerpo es tan pequeño
que Merete puede sentarse a su lado. Enciende el televisor, que es tan viejo
que cimbra como si dentro de ella habitaran moscas. El único canal que pueden ver
en la casa es el Religioso, en el que emiten misas cada día y a veces ponen
dibujos animados sobre el nacimiento de Jesucristo y sus apóstoles. En latín.
El holandés se está perdiendo… incluso en los diarios se ha perdido el idioma
original.
Cuando vuelve a la realidad después de quedarse
pasmada un rato, se da cuenta de que tiene la cara y el cuello de la camiseta
del pijama mojados de lágrimas. Y solloza involuntariamente. ¿Por qué está
llorando ahora? ¿Es idiota o qué?
Hace un par de horas que tendría que haberse ido a
trabajar. Y la muy estúpida se acuerda de ello ahora. Le cancelarán el sueldo
de dos semanas por haberse saltado horas. En cambio, si fuese uno de sus
compañeros el que faltara, solo le cancelarían el dinero de las horas que no ha
cumplido.
Lo que más le preocupa es que tendrá que esforzarse
demasiado para alimentar a su hermana y sus sobrinos… y Bartje le dirá que no
pasa nada, que podrán aguantarse unos días sin comer, pero Merete no se lo
cree. Emke solo tiene siete años y Garritt tres. ¿Cómo podrían aguantarlo?
Se viste con lo primero que encuentra y después de
besar la mejilla del niño que duerme en el sofá, se va corriendo para llegar lo
más pronto posible a la estación de trenes de carga.
Cuando llega allí, todos
sus compañeros ya están trabajando, y se nota desde lejos el bochorno que
sufren y como se esfuerzan. Entonces ellos la ven, y se ponen a reír y a
mirarla con repulsión, pero no se aturan para decirle nada y siguen en sus
cosas.
Se acerca con seguridad a uno de los caudillos, el
señor Korneel van Middelkoop. Es medio calvo, y los pelos que le quedan son de
color canela. Es alto y robusto, pero no está gordo y tiene unos hombros altos
y fuertes. Lleva una boina terrosa que lo distingue como capitán de un grupo de
policías, una camisa larga color gamuza con el escudo de Holanda y el de la
Tiranía, unos pantalones marrones ceñidos con un cinturón, y calza unas botas
de cuero negro. En el cinturón lleva atadas una porra y una escopeta.
-Señor, discúlpeme la tardanza. Mis sobrinos
pequeños estaban solos en casa y tenía que cuidar de ellos hasta que su madre
llegara de comprar al mercado –miente lo mejor que puede.
-¿Se puede saber qué haces aquí, todavía?
-Trabajo aquí, señor Middelkoop. Soy Merete Rasool,
¿me recuerda?
-Ya sé quién eres, mentecata. ¿No ves que te has
quedado sin trabajo?
-¿Que me he quedado sin trabajo? –Korneel camina
intentando ignorarla, pero Merete lo sigue como puede- ¿Y eso por qué? Ya le he
dicho lo que me ha sucedido. ¿Qué más quiere?
-Quiero que te vayas, Rasool. No puedes faltar a tu
puesto de trabajo.
-Pero… si Corjan hubiese sido el que se saltara
horas, por ejemplo, se lo perdonaríais…
-Corjan Reichert es un hombre. Y tú una mujer. ¿Aún
no encuentras la diferencia entre ambas palabras, moscona?
-¡Yo no soy una moscona!
Es eso lo que le grita y así es como le queda la
mejilla izquierda al señor Korneel van Middelkoop: rosada. Merete se mira la
mano y al instante se siente culpable. Todos la miran a ella, desdeñosos. No se
resiste cuando un par de soldados con un chaleco ocre dorado y unos pantalones
marrones la cogen y se la llevan. Uno de ellos le mete un golpetazo con la
culata de una escopeta y ella se queda inconsciente.
Pero cuando abre los ojos no ve lo que esperaba. No
ve a Middelkoop o a cualquier otro caudillo, tampoco ve a ningún policía o
carcelero, sino a Bartje. La está observando con inquietud, y cuando ve que su
hermana mayor se despierta, le pide a uno de los carceleros que abra la celda y
le deje salir de ahí.
-Como usted diga, señorita.
El hombre coge las llaves y deja que las dos se
abracen y salgan de allí.
-¿Cómo lo has hecho? –pregunta Merete, todavía
sorprendida.
-Mejor será que te lo explique cuando lleguemos a
casa y te encuentres bien.
-Ya me encuentro bien. ¿Y los niños? ¿Dónde los has
dejado?
-Están fuera, vigilados por un policía.
Pero cuando salen del edificio ve que Bartje le ha mentido: los niños no están. Le vuelve a preguntar dónde están, y la otra le contesta que no se preocupe, que están con alguien de confianza. La casa no está muy lejos, así que vuelven andando y llegan al cabo de unos cinco minutos.
Todo está tan silencioso y quiescente que a Merete
le da mala espina. Su hermana abre la puerta y las dos entran con sigilo. Se
acercan al sofá coral de lona. Ahí está estirado Garritt, cuyos pómulos están
enrojecidos y el pelo y el cuerpo los tiene empapados de sudor. La pequeña Emke
está sentada a su lado, acariciándole la frente y cantándole canciones para que
se duerma.
-¿Qué le sucede? –pregunta Merete, que no entiende
nada.
-Se ha puesto enfermo. Mi niño tiene mucha fiebre y
se ha puesto enfermo… no quiero que le pase nada.
-¿Tiene fiebre?
-Mucha. Más de cuarenta grados. No quiere comer
nada.
Un muchacho entra en la sala interrumpiendo la
conversación con un bol de cerámica humeando en las manos, que entrega al niño
febril. Se presenta diciendo que se llama Thijme Janssen, un conocido de
Bartje. No es muy alto pero tampoco achaparrado. Le brillan los ojos azules con
chalanería, los cabellos leonados los tiene alborotados y ondulados, y viste
una camiseta verde de tirantes y unas bermudas color calabaza, y calza unas
chanclas hawaianas turquíes. No debe de tener más de veinticinco años, por el
aspecto jovial que tiene. Thijme y Merete se estrechan la mano al conocerse. Él
está alegre pero ella lo mira suspicaz. Precisamente el chico tiene que irse
ahora, y después de darle un corto beso a los labios a Bartje, se va.
-¿Cómo lo has hecho para sacarme de allí? ¿Y quién
es ese Thijme?
-Les he contado que mi hijo estaba enfermo, y que
por eso te habías puesto tan nerviosa.
-¿No podrías haberte inventado algo mejor?
-Pero si es cierto… míralo, mi dulce angelito…
nunca lo había visto sufrir tanto. ¿No te dan ganas de llorar?
-¿He recuperado mi trabajo?
Entonces la hermana la mira a los ojos. Es como si sonrieran amargamente, llenos de ironía. Niega con la cabeza, y aparta la mirada.
-Tú lo perdiste, Merete. No me culpes a mí.
-No he dicho que fuese tu culpa. Ya lo sé, soy yo
la que ha llegado tarde y la que le ha clavado una bofetada a su superior. Solo
te lo he preguntado. Todavía no me has contestado a la otra pregunta, ¿quién es
ese chico?
-Se llama Thijme Janssen, ¿no lo has oído?
-¿Te crees que soy estúpida? Claro que lo he oído.
Pero quiero saber de qué lo conoces.
-¿Tanto te importa lo que haga con mi vida?
-Estás enamorada de él, ¿me equivoco?
Bartje enmudece y enrojece.
-¿Y qué te importa si lo estoy?
-No te lo prohíbo, Barti. Solo te pido que vayas
con cuidado. Tú ya sabes lo que sucedió con Harrie.
De repente, Bartje, amedrentada y volviendo a su
cobardía de años atrás, intenta tranquilizarse y mira a los ojos de su hermana.
-Quiero a Thijme. Te prometo que iré con cuidado,
no sufras.